LA EDUCACIÓN EMOCIONAL EN LA ETAPA DE EDUCACIÓN INFANTIL. UN DIALOGO NECESARIO.

La enseñanza básica persigue un doble objetivo de formación personal y de socialización, integrando de forma equilibrada todas las dimensiones. En definitiva el sistema educativo tiene como objetivo que el alumnado pueda conformar su propia identidad personal y configurar su comprensión de la realidad, a lo largo de las diferentes etapas, integrando la dimensión del conocimiento con la afectiva, en un marco de cohesión social; considerando que  la educación es el principal instrumento para alcanzar tanto el bienestar individual como el colectivo.

Así pues el Estado del bienestar, un concepto de la ciencia política y económica y que se define como sello de identidad de las democracias europeas, define un nuevo modelo de sistema educativo que apuesta por una visión humanista del aprendizaje que aborda el conocimiento a partir de las experiencias del propio alumnado.

Recordemos que el nuevo currículo incorpora como novedad las “situaciones de aprendizaje” para que la adquisición de las competencias clave sea efectiva y señala expresamente que “deben estar bien contextualizadas y ser respetuosas con las experiencias del alumnado y sus diferentes formas de comprender la realidad” (RD Real Decreto 157/2022, de 1 de marzo, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Primaria).

Las experiencias de nuestro alumnado provienen de fenómenos subjetivos, condicionados por ese índice de partida individual y familiar (económico, social y cultural) en el sistema educativo, que incluye emociones, sentimientos, sensaciones y pensamientos. Pudiendo encontrarse un cierto paralelismo entre experiencias y sensibilidad a la hora de abordar el aprendizaje.

Así pues el bienestar emocional  de los estudiantes es un medio y un fin para el sistema educativo que ha evolucionado desde el aprendizaje memorístico y fundamentado en datos empíricos, donde la vertiente emocional pertenecía al ámbito privado, hacia un modelo de conocimiento que tiene parte de su fundamento en la experiencia y sensibilidad del alumnado que se retroalimentan en las diferentes etapas educativas.

Con la nueva reforma educativa (LOMLOE) surge la figura del coordinador de bienestar  (artículo 124.5 de la LOE) como un medio de protección ante diferentes tipos de violencia que afectan gravemente al bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes causándoles serios problemas, tanto en su rendimiento académico como en su desarrollo social y emocional. A su vez, se define el perfil de salida de las diferentes etapas educativas que integran los retos a los que se enfrenta el alumnado para alcanzar su máximo desarrollo personal y su plena participación social. En ese perfil figura la competencia personal, social y de aprender a aprender que  tiene como descriptor operativo, al finalizar la educación secundaria obligatoria, la capacidad de nuestros jóvenes para «regular y expresar sus emociones, fortaleciendo el optimismo, la resiliencia, la autoeficacia y la búsqueda de propósito y motivación hacia el aprendizaje, para gestionar los retos y cambios y armonizarlos con sus propios objetivos”.

La concepción humanista de la educación se mueve en el entorno de la complejidad y la incertidumbre. Una cualidad natural del ser humano, como es la de sentir las emociones que se generan en el sistema límbico de nuestro cerebro se desenvuelve en una sociedad digital con la irrupción de la inteligencia artificial que nos enfrenta con las luces y sombras de los algoritmos, que pueden modificar y remodelar nuestros sentimientos. Y en este entorno se exige al profesorado que atienda al desarrollo afectivo (artículo 91 de la LOE) de un alumnado diferente y diverso, partiendo de las experiencias propias y de sus necesidades específicas de aprendizaje y participación en la vida escolar. Una tarea más que exige una cualificación específica de los docentes si la administración educativa pretende convertir los objetivos generales del currículo en logros  concretos para nuestros jóvenes.

“Aquello que sale del corazón, lleva el matiz y el calor de su lugar de origen” escribía Oliver Wendell Oliver (escritor, novelista, poeta, médico y profesor estadounidense). El lugar de  origen de la educación emocional, en el sistema educativo, lo encontramos en la Educación Infantil.

Junto al papel de madres, padres y tutores legales como primeros responsables de la educación de sus hijos e hijas, el profesorado de la etapa de Educación Infantil va a contribuir, de una manera decisiva, al desarrollo integral y armónico de niños y niñas, facilitando que el alumnado reconozca, manifieste y regule progresivamente sus emociones, expresando necesidades y sentimientos para lograr bienestar emocional y seguridad afectiva. Poniendo las bases para la interiorización personal de sentimientos de seguridad y confianza personales, dos aspectos fundamentales para la construcción de la autoestima y la formación de una autoimagen positiva y ajustada de sus capacidades que podrán desarrollar progresivamente, con éxito, en las diferentes etapas educativas.

La relevancia de la Educación Infantil en la educación emocional del alumnado, me induce a conocer la opinión de Julia Timón, maestra de esta etapa educativa que combina experiencia profesional (más de 23 años trabajando en el aula) con una amplia formación específica en aprendizaje competencial y un Máster en Psicología Clínica; pero sobre todo es una maestra vocacional en un permanente proceso de reflexión y búsqueda de la mejora educativa.

En este punto incorporo un breve diálogo en el que Julia contesta, atendiendo a su experiencia, a cuestiones referidas a la educación emocional.

.-¿De dónde partimos para abordar la educación emocional en el aula?

Todo el mundo siente emociones y desde esta perspectiva parece que es innata la capacidad de educar en la gestión de los sentimientos. A diferencia del aprendizaje de otras competencias que cuentan con referentes educativos de nuestra infancia (más o menos acertados) el manejo de nuestras emociones se ha hecho desde una visión cognitivista que suponía el control de las emociones desde la contención razonada y fuera de los objetivos de aprendizaje.

La incorporación de la competencia emocional en el currículo de Castilla La mancha, junto a las ocho competencias básicas establecidas en la L.O.E, supuso el reconocimiento del valor de las emociones en la educación para alcanzar el pleno desarrollo de la personalidad del alumnado; pero aun seguimos con dificultades para la aplicación sistematizada de la educación emocional en el aula; entre otras causas por que nos faltan definiciones claras y clasificaciones concisas.

.- ¿ A qué definiciones y clasificaciones te refieres?

Tal y como señala Roberto Aguado Romo (2016): ”La competencia emocional es la posible destreza para conjugar las habilidades que son necesarias para conseguir que se active el estado emocional más útil para cada situación” (Aguado 2016).  En este sentido, las dos habilidades que deberíamos trabajar en el aula serían la  flexibilidad emocional y la adaptabilidad.

Definida la competencia emocional necesitamos una clasificación de emociones, dentro del modelo de inteligencia denominado (por el autor anterior) de Vinculación Emocional Consciente (V.E.C). Este modelo las clasifica en agradables, desagradables y neutras, siendo todas ellas indispensables para el correcto desarrollo de la personalidad de nuestro alumnado.

Me gusta esta clasificación porque es la que utilizo para educar la competencia emocional en mi aula, desde hace años.

Las emociones agradables de la curiosidad, la admiración, la seguridad y la alegría, se agrupan en el acrónimo C.A.S.A; en otro acrónimo T.R.A.M incorporamos las emociones desagradables, tales como la tristeza, la rabia, el asco, y el miedo. Por último, la emoción neutra sería la sorpresa.

.- ¿Inicias el aprendizaje de la educación emocional en el primer curso de la etapa de Educación infantil?

¡Claro!. Aunque la etapa de Educación Infantil parece la hermana pequeña del sistema educativo es determinante en la transición del núcleo familiar al social-escolar y el buen hacer en este tramo, de la educación, influye para siempre en nuestro alumnado. Sembramos en la escuela, con nuestro liderazgo interpersonal, las semillas de la gestión de las emociones que contribuirán a alcanzar el bienestar emocional futuro de niños y niñas, sin quitar mérito a nuestros compañeros de los siguientes tramos educativos, a quienes corresponde dar continuidad a esta tarea del proceso de enseñanza y aprendizaje.

.-. ¿Dime alguna estrategia para trabajar la educación emocional en el aula?

La asamblea es la joya de la educación en la etapa de Educación Infantil. En ella se trabaja el conteo, la escucha activa por parte del alumnado al docente y a otros compañeros y se “ensaya para la vida” a través de ejercicios en los que se entrena la comunicación de las emociones personales, así como la exigencia de reparación cuando sea necesaria.

Estamos enseñando a resolver futuros conflictos a través del RESPETO, palabra estrella en mi aula desde los tres años, Si un alumno de infantil aprende a respetarse a sí mismo, disminuyen las posibilidades de conductas autolíticas futuras, si aprende a respetar a los demás ,y exige de los demás respeto, disminuyen las posibilidades de desarrollar relaciones de bulling y acoso desde los  papeles de víctima o acosador, y si respeta el entorno adquirirá un compromiso natural y social, creando vínculos que le ayuden a desarrollar un sentimiento de pertenencia con la consiguiente disminución de la posibilidad de aislamiento social, que facilitará la mediación en la resolución de un conflicto.

En otros tramos del sistema educativo, con presencia de adolescentes es más interesante, una vez explicado y entendido el vocabulario emocional, promover autoevaluaciones tutorizadas por un/a docente para que nuestro alumnado no sienta que se produce una injerencia en su ámbito personal, que cuida tan celosamente en esta etapa de su vida.

.-. ¿Cuál es, para ti, la relación entre bienestar emocional y felicidad, como objetivos educativos?

¿Sabes?. Frecuentemente cuando ponemos en la misma frase educación emocional y escuela lo asociamos, en un primer pensamiento, a la etapa de educación infantil y como un acto reflejo nos aparece una sonrisa, porque en nuestro imaginario este aprendizaje va unido a canciones felices, risas y búsqueda de la felicidad inmediata; eliminando hacer referencia a las emociones desagradables que sienten los niños y las niñas para “evitar” atraerlas a sus vidas.

Nada más lejos de la realidad. En mi opinión la educación emocional en la escuela no es la búsqueda de la felicidad. La felicidad entendida a tiempo completo, inmediata y sin esfuerzo, representa un gran peligro para nuestro alumnado que puede sentir que tiene un derecho a exigirla de una sociedad con un deber ineludible de proporcionársela. La realidad es diferente.

Una buena salud emocional es aquel estado en el que nuestro alumnado ha aprendido a reconocer sus emociones, validarlas, verbalizarlas, reconocerlas en otros y cuenta con estrategias para manejarlas. De tal modo que pueden conseguir que las emociones negativas no alteren de forma significativa su vida y, además, ser capaces de transformarlas en determinados momentos, en estados emocionales más beneficiosos.

De ahí la importancia de la flexibilidad emocional y la adaptabilidad, a la que hice referencia anteriormente.

Una mala salud mental puede devenir de una gestión incorrecta de las emociones que conlleva alteraciones cognitivas o de comportamiento en los niños,  interfiriendo en su vida cotidiana, desajustando estados de ánimo e incluso afectando a su salud corporal a través de manifestaciones psicosomáticas.

.- ¿Cómo podríamos, desde la escuela, promover el bienestar emocional de nuestro alumnado?.

En mi opinión la promoción de una buena salud para gestionar las emociones personales, a través de educación en la escuela, pasa por cambiar los modelos de pensamiento.

La escuela, y especialmente la etapa de Educación Infantil, tiene una labor preventiva indudable en cualquier ámbito del desarrollo personal del alumnado. Por eso, en esta etapa, debemos anticipar y programar los aprendizajes necesarios para que nuestro alumnado tenga las herramientas necesarias para gestionar adecuadamente situaciones de conflicto interior, promoviendo desde la escuela actitudes saludables que favorezcan el bienestar emocional.

En muchas ocasiones hemos ayudado a un alumno o a una alumna después de un periodo de convalecencia por un problema de salud. Sin embargo, no siempre hemos sido conscientes de la ayuda que precisaba aquél que se había mudado de casa y estaba padeciendo una situación de ansiedad, por dejar atrás amigos y un entorno familiar.

Hemos de saber trabajar en la escuela, por ejemplo, la emoción de  la tristeza. No se trata de prevenirla sino de saber cómo gestionarla para que no inhabilite a nuestros alumnos.

.- ¿A quién le correspondería trabajar, la educación emocional, en el aula?

Es obvio que la educación emocional no es una especialidad educativa, por tanto no la tiene que impartir una maestra o un maestro determinado. Todos los involucrados en el proceso de enseñanza y aprendizaje deben convertirse en orientadores de esta educación; todos son referentes. Para ello es indispensable la coordinación del profesorado y el trabajo en equipo, educando a sus alumnos partiendo de su propia gestión inicial de las emociones y atendiendo al liderazgo intrapersonal de los docentes

Llegados a este punto, ¿ cómo se programa?. Primero siempre debemos partir de una evaluación inicial para definir la planificación del proceso de enseñanza y aprendizaje, atendiendo al punto de desarrollo madurativo en el que está nuestro alumnado

En el desarrollo del proceso aconsejo una metodología basada en “Enseñar desde el cerebro que aprende” (J.A. Fernández Bravo. 2017). Con dos vertientes, una como contenidos a trabajar y con diseño de actividades relacionadas con la alfabetización emocional del alumnado; con el objetivo de saber qué emoción acontece, cómo responde nuestro cuerpo y cerebro y cómo transitar a la respuesta más adaptativa.

Y otra vertiente, aplicada dentro de todas las áreas y materias del resto de las etapas educativas desde la que se trabajaría la empatía, la simpatía, la asertividad  y otros factores que repercuten directamente en la formación de personas bajo una globalidad, en el intento de enseñar a “saber ser”.

.-. Dame una conclusión final. ¿Hacia dónde nos dirigimos?

A medida que avanza la tecnología y la implantación de la inteligencia artificial generativa en la educación con capacidad para crear ideas de contenidos nuevos, la realidad de la que hemos hablado convierte a los docentes en imprescindibles para favorecer el desarrollo de la inteligencia emocional de nuestro alumnado para capacitarles en la búsqueda de un mayor bienestar y una mejor salud mental.

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Juan José Arévalo Jiménez

auladeinspeccion@gmail.com

Preparador de las oposiciones de acceso al Cuerpo de Inspectores de Educación

 

 

 

 

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